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La sectorial del vino analizará el martes la campaña, la producción ecológica y estrategias de manejo

AVA-ASAJA te invita a asistir a la reunión conjunta de la sectorial vitivinícola, que tendrá lugar el próximo martes 16 de diciembre, a las 16 horas, en la sala de juntas de la sede de Valencia.

El primer punto será el análisis de la campaña en el sector vitivinícola, haciendo hincapié en la situación del mercado.

El presidente del Comité de Agricultura Ecológica (CAECV), Vicente Faro, impartirá una ponencia sobre la producción ecológica y las exportaciones de vinos ecológicos.

Por su parte, Raúl Ferrer, investigador del Centro de Investigaciones sobre Desertificación-CIDE (CSIC-UV-GVA), expondrá a los asistentes estrategias de manejo para el viñedo mediterráneo.

Otros temas de interés en los que la sectorial profundizará serán las elecciones en la DO Utiel-Requena, la situación actual del cuaderno de explotación digital, los seguros agrarios y las ayudas disponibles en el sector. Finalmente, habrá un turno para ruegos y preguntas.

Las personas interesadas en acudir -socios y no socios- pueden inscribirse con antelación:

- Por teléfono: 96 380 46 06 (preguntar por prensa).

- Por correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

- Por whatsapp: mensaje al 634 523 579.

 

Agricultura actualiza la situación y las medidas contra la avispilla del almendro

Hoy ha salido publicado en el DOGV la resolución, de 5 de diciembre de 2025, de la Dirección General de Producción Agrícola y Ganadera, por la que se deroga la Resolución de 28 de abril de 2020, del director general de Agricultura, Ganadería y Pesca, y se declara una actualización de la situación de la plaga de la avispilla del almendro «Eurytoma amygdali» (Enderlein) en el territorio de la Comunitat Valenciana y se adoptan medidas fitosanitarias de control.

Los propietarios de almendros afectados de las provincias de Alicante y Valencia, y en la comarca del Alto Palancia de la provincia de Castellón, deberán:

– Retirar y destruir las almendras afectadas antes de la salida de los adultos de avispilla para que no contribuir a la diseminación de la plaga.

– En caso de ser necesario, realizar los tratamientos fitosanitarios adecuados en los momentos y con los productos recomendados por los servicios técnicos de la Conselleria de Agricultura con competencias en materia de sanidad vegetal.

– Extremar las medidas de limpieza de la maquinaria de recolección para evitar que restos de almendras afectadas se constituyan en focos de dispersión de la plaga.

Lo anteriormente expuesto será de aplicación en el caso de los cultivos abandonados y árboles diseminados con almendras afectadas. Asimismo, los almacenes receptores de almendra deberán destruir las almendras afectadas recibidas en sus instalaciones.

Dado que la plaga se ha introducido y propagado por falta de controles, AVA-ASAJA solicita a las administraciones que establezcan medidas para ayudar a los agricultores a acometer estas medidas que suponen un sobrecoste económico.  

 

 

Requena será la Ciudad Española del Vino 2026

La Asociación Española de Ciudades del Vino (Acevin) ha decidido que la Ciudad Española del Vino 2026 será Requena. Tras el proceso de análisis de las propuestas presentadas, la organización ha otorgado el título a esta localidad valenciana, un reconocimiento que la sitúa como protagonista de la promoción de la cultura del vino en España durante todo el próximo año. AVA-ASAJA, que había apoyado formalmente esta designación, valora positivamente este respaldo institucional en defensa del peso histórico, cultural y económico de la vitivinicultura requenense.

El título de Ciudad Española del Vino, creado por Acevin en 2023, nació con la misión de reforzar la difusión nacional de la cultura vitivinícola y de ampliar el alcance de las acciones de promoción y formación que la entidad desarrolla desde hace tres décadas. La iniciativa tiene un marcado enfoque turístico y recae exclusivamente en ciudades que forman parte de la asociación. Su diseño complementa el trabajo de la marca Rutas del Vino de España, gestionada también por Acevin, y se inspira en iniciativas equivalentes impulsadas en otros países de la Red Europea de Ciudades del Vino (Recevin), como Portugal e Italia, que cada cierto tiempo designan su correspondiente Ciudad Europea del Vino.

La convocatoria presentada por Requena competía con otros proyectos municipales, pero finalmente ha sido la propuesta valenciana la mejor valorada. La decisión es especialmente significativa porque la Ciudad Española del Vino sólo se convoca en los años en los que España no ejerce la representación de la Ciudad Europea del Vino, con el objetivo de evitar que dos ciudades españolas compartan protagonismo en un mismo ejercicio. Así, Cambados (Pontevedra) fue la primera y única ciudad en ostentar este título hasta ahora, tras su designación en 2024, mientras que en 2025 España acogía la Ciudad Europea del Vino, responsabilidad que ha recaído en Cariñena (Zaragoza).

La elección de Requena no es casual. Declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1966, posee un sólido legado vitivinícola que se remonta siglos atrás y que se integra de manera natural con otros valores patrimoniales, culturales y turísticos. El municipio forma parte de la Ruta del Vino Utiel-Requena, una de las 38 Rutas del Vino de España, y en los últimos años ha fortalecido su posicionamiento en el ámbito del enoturismo gracias a una oferta que combina bodegas, patrimonio histórico y experiencias ligadas al vino y al cava.

Acevin ha valorado especialmente la capacidad de Requena para articular un programa sólido de actividades para 2026, dedicado a difundir su historia, reforzar su identidad enoturística y proyectar la singularidad de su territorio. El Ayuntamiento ha confirmado que el calendario completo de actividades se presentará próximamente, pero ya anticipa una programación amplia que incluirá eventos culturales, propuestas divulgativas, iniciativas sectoriales y acciones de promoción vinculadas al vino, al cava y al patrimonio requenense.

La designación llega tras meses de trabajo conjunto entre el Ayuntamiento y agentes del sector: bodegas, viticultores, asociaciones y entidades locales que han respaldado la candidatura. Ese esfuerzo cristalizó en un proyecto que se concibe como una oportunidad para reforzar la proyección de Requena y consolidar su papel como destino enoturístico de referencia en el ámbito nacional.

Cuando se presentó oficialmente la candidatura, en agosto, el consistorio destacó la solidez de sus argumentos. Requena atesora una tradición vitivinícola con más de 2.700 años de historia, avalada por los yacimientos arqueológicos de Las Pilillas, considerados uno de los complejos de producción de vino más antiguos de Europa occidental. La localidad es, además, el principal motor socioeconómico de la comarca, con el viñedo más extenso y homogéneo de la Comunitat Valenciana, un tejido productivo formado por 116 bodegas y más de 4.000 viticultores, y un patrimonio varietal encabezado por la Bobal, que actúa como elemento diferencial en los mercados y emblema de la D.O.P. Utiel-Requena.

A este peso histórico y productivo se suma el protagonismo creciente de Requena en la elaboración de cava, respaldado por su pertenencia a la Denominación de Origen Cava y por unas condiciones climáticas que han permitido desarrollar espumosos de calidad contrastada. La localidad ha consolidado un patrimonio enoturístico destacado, con enclaves como las Cuevas de la Villa o el Museo del Vino Palacio del Cid, que forman parte de su identidad cultural y ofrecen experiencias atractivas para el visitante.

Otro rasgo señalado en la candidatura es la presencia cada vez más visible de mujeres en el sector vitivinícola local, tanto en bodegas como en viña y en puestos de responsabilidad, un síntoma del dinamismo y modernidad del territorio.

 

Entrevista a José Carbonell, secretario técnico del COIAL: “Sin agricultura, nada”

¿Qué aporta el Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Levante (COIAL) al sector agrario y al medio natural?

Lo primero que me gusta explicar cuando me hacen esta pregunta es qué es un colegio profesional y para qué existe, porque ahí está la clave de lo que aporta el COIAL al sector agrario y al medio natural.

En España, los colegios profesionales están reconocidos en la Constitución, en el artículo 36. Somos una figura jurídica especial que el Estado crea con una finalidad muy concreta: proteger a los usuarios de los servicios profesionales de las profesiones tituladas. En nuestro caso, proteger a quien contrata el trabajo de un ingeniero agrónomo. ¿Por qué? Porque el control del ejercicio profesional solo puede hacerse entre pares: solo otro ingeniero agrónomo está en condiciones reales de revisar, avalar, corregir o censurar el trabajo profesional de un ingeniero agrónomo. No hay un “escalón técnico superior” que pueda hacer esa labor. Por eso el Estado delega en los colegios esta función de ordenar la profesión y velar por que se ejerza con calidad y con ética.

Dicho de otra forma: la misión principal del COIAL es garantizar un ejercicio profesional de la ingeniería agronómica orientado al bien común. Esto se concreta en dos grandes pilares. Por un lado, proteger al usuario de los servicios profesionales mediante el control y seguimiento del trabajo que hacen los colegiados, asegurando que se ajusta a la normativa, a la buena práctica técnica y a un código deontológico (el caso más conocido es el visado de trabajos y proyectos). Y, por otro lado, dar al ingeniero agrónomo todo lo que necesita para poder ejercer con garantía de calidad: formación, información técnica actualizada y un seguro de responsabilidad civil que cubra sus errores no dolosos. Defender al ingeniero no es hacer de “abogado del ingeniero”, sino: formarlo, informarlo y cubrir sus espaldas para que pueda trabajar bien y, si se equivoca sin mala fe, que el daño quede reparado. Cuando el ingeniero está bien formado y bien protegido, el ciudadano también lo está.

Además de esa función “interna”, el COIAL es una voz técnica acreditada en todo lo que afecta a la ingeniería agronómica, al sector agrario y al medio natural. Como he dicho, no hay nadie con mayor nivel formativo en este campo que un ingeniero agrónomo, tiene sentido que la administración y la sociedad nos pidan opinión. Y así ocurre: mantenemos reuniones constantes con todas las administraciones y a todos los niveles; informamos proyectos de ley, reglamentos y normas; emitimos informes y alegaciones… Otra cosa es que siempre nos hagan caso, pero la voz nos la piden.

Además, muchas veces, ejercemos de “Pepito Grillo” técnico, avisando de lo que puede pasar si se toman (o no se toman) determinadas decisiones. El sector agrario no es nuevo, y por desgracia vemos cómo se repiten problemas que ya hemos vivido. Nuestra formación y nuestra perspectiva nos permiten decir no solo qué está fallando hoy, sino qué es previsible que ocurra mañana.

Mira, vamos a empezar una reforma en la sede del COIAL y encajando los libros de la biblioteca volví a ver la publicación de las primeras jornadas técnicas que organizamos sobre la Albufera de València y la Huerta de València de hace más de 30 años, donde ya se hablaba de retos y oportunidades que hoy son noticia casi a diario. También apareció un libro del año 1971 sobre energía solar aplicada a la agricultura. Nosotros fuimos de los primeros en aplicar la energía solar y otras energías alternativas en el campo, sencillamente porque muchas explotaciones estaban lejos de cualquier punto de conexión y había que buscar soluciones. Ese es un buen ejemplo de cómo la ingeniería agronómica va abriendo camino y el Colegio ayuda a canalizar y difundir ese conocimiento.

Por último, el COIAL es también un punto de encuentro del sector. A la entrega de los premios de nuestra Fundación acuden cada año más de 300 asistentes: representantes sectoriales, compañeros, mundo empresarial, administración, universidad, políticos… Es un espacio donde todos los que tienen relación con la profesión comparten charlas, inquietudes y establece alianzas. Además de corporación profesional, somos un espacio técnico y también cultural, donde se debaten ideas, se reconocen trayectorias y se va tejiendo comunidad.

 

¿Qué salida laboral tienen los ingenieros agrónomos? ¿Cómo pueden contribuir a lograr una agricultura más rentable y sostenible?

Cuando hablamos de qué salida laboral tiene la ingeniería agronómica, lo primero que hay que entender es de dónde viene la profesión y cómo ha ido creciendo. Porque según el “momento de la película” en el que alguien se haya quedado mirando, tendrá una idea muy distinta de lo que hacemos.

En sus orígenes, el ingeniero agrónomo se dedicaba básicamente a la producción primaria: producción vegetal y producción animal. Ese era el núcleo duro: cultivos y ganadería. A partir de ahí, esas producciones fueron necesitando cada vez más tecnología para poder llevarse a cabo y apareció lo que llamamos la ingeniería rural. Es decir, todo lo que tiene que ver con la construcción, las infraestructuras de regadío, las infraestructuras energéticas, la movilidad en el medio rural, los caminos, las vías… Toda esa capa de infraestructuras sin la cual la producción agraria no funciona.

Esa producción primaria no se quedaba ahí, sino que se transformaba. Desde siempre han existido algunas transformaciones básicas: el aceite, el vino, la harina… Ahí está el germen de la industria alimentaria. Y la industria alimentaria, lejos de quedarse en cuatro productos, ha ido creciendo, diversificándose y sofisticándose de una forma espectacular. Eso hizo que la profesión del ingeniero agrónomo se ensanchase hacia todo lo que tiene que ver con la tecnología de los alimentos y los procesos industriales.

Si miramos cómo han evolucionado los alimentos que consumimos, vemos muy bien cómo se ha ido abriendo nuestro campo de trabajo. Primero teníamos los productos frescos de toda la vida, prácticamente sin tratamiento: frutas, verduras, carne, pescado, con una manipulación mínima. Esa sería la primera gama. Luego llegaron las conservas, lo que llamamos segunda gama. Más tarde, la congelación: grandes instalaciones frigoríficas y de conservación, los productos congelados y, después, los precocinados congelados, que sería una tercera gama más avanzada. Más adelante aparecieron los productos de cuarta gama: alimentos frescos que se pelan, se trocean, se lavan y se envasan en vacío o en atmósferas modificadas, que requieren refrigeración constante y procesos muy complejos. Después, la quinta gama: alimentos ya cocinados y envasados al vacío o en atmósfera modificada, que solo necesitan ser regenerados, recalentados, para su consumo. Y ahora estamos en una especie de sexta gama, con productos liofilizados y deshidratados, cambios de textura, vidas útiles larguísimas, ingredientes que imitan otros alimentos… Un mundo completamente nuevo.

Todo ese viaje desde el producto fresco hasta esta sexta gama lo hemos ido acompañando los ingenieros agrónomos. Y lo importante es que cada vez que la profesión ha crecido hacia una nueva área no ha abandonado la anterior: no hemos dejado la producción primaria para pasar a la industria; ni hemos dejado la ingeniería rural para pasar a la biotecnología. Se han ido superponiendo capas.

A eso hay que sumarle que las especies vegetales no solo sirven para comer. A partir de esa idea se abrió otra vía profesional muy potente: la jardinería y el paisajismo, que ahora sintetizamos en infraestructura verde, que también ha generado un nicho de trabajo muy interesante.

Y, siguiendo con esa lógica de ir ampliando el foco, también fuimos tomando conciencia de que nuestra “ganadería” ya no eran solo las vacas, las ovejas o los cerdos. Empezamos a trabajar con otros seres vivos: bacterias, levaduras, hongos, insectos beneficiosos… Es decir, con procesos biológicos que interesan al ser humano por motivos muy distintos de la alimentación directa. Ahí nacen los biomateriales, las bioenergías, la biorremediación y toda esa familia de “biocosas” que aprovechan la vida –en sentido amplio– para generar nuevos productos y servicios.

La profesión, por tanto, se ha ido tejiendo como una tela de araña. En el centro, la producción agraria clásica, pero alrededor un complejo e intrincado escenario de actividades y dedicaciones. Por eso ahora hablamos con bastante naturalidad de que somos una ingeniería de biosistemas. Porque el suelo agrario ya no es solo el sitio donde se producen alimentos: es un soporte donde se pueden producir muchas otras cosas, y el territorio agrario, la gente que lo habita y lo trabaja, ya no solo tienen la posibilidad de generar alimentos, sino de ofrecer muchos otros servicios y bienes con un valor enorme para la sociedad. Todo eso, si se sabe aprovechar, son oportunidades que se pueden rentabilizar.

¿Esto qué significa en términos de salidas laborales? Que hoy los ingenieros agrónomos trabajamos en muchísimos campos. Es innegable que desde hace muchos años la industria alimentaria es el principal empleador de ingenieros agrónomos. Y dentro de la industria nos dedicamos a la planificación, dirección y gerencia, proyectos, instalaciones, direcciones de obra, gerencia, desarrollo de negocio, gestión de la calidad, control de procesos, I+D… De todo.

Al mismo tiempo, nuestra formación es transversal en ingeniería: energía, instalaciones, construcción, hidráulica, estructuras, procesos… Eso hace que también tengamos cabida en otros sectores donde se necesitan esas competencias técnicas, aunque no sean estrictamente de origen biológico. Muchos de esos sectores, además, son emergentes y a veces ofrecen mejores condiciones económicas, con lo cual es lógico que muchos compañeros se vayan allí donde más y mejor se les paga.

Especial atención merece una capa reciente, que ha irrumpido con mucha fuerza: la de la digitalización, la agricultura de precisión, la sensorización, la inteligencia artificial aplicada al campo y a la industria alimentaria. Hoy encontramos ingenieros agrónomos trabajando en plataformas de gestión de riego, en modelos de predicción de plagas, en sistemas de ayuda a la decisión, en empresas tecnológicas… Es muy probable que, ahora mismo, haya más agrónomos trabajando en cuestiones de digitalización, inteligencia artificial y proyectos transversales que en el asesoramiento agrario clásico al agricultor, que antes era uno de los nichos de trabajo más habituales para nosotros. Eso tiene que ver también con que los agricultores cada vez están más formados y la transferencia de tecnología es mucho más eficaz: ya no hace falta ir a explicarle cosas básicas a un agricultor que, muchas veces, está perfectamente al día.

Dicho todo esto, hay una idea que para mí es absolutamente fundamental:
sin agricultura no hay nada. Ese es el lema de los ingenieros agrónomos. Podemos estar trabajando en industria, en energía, en proyectos, en digitalización, en bioeconomía… pero si no hay agricultura y no hay ganadería, no hay nada de lo demás. Si un país quiere desarrollarse de verdad, la agricultura y la ganadería son irrenunciables, porque todo lo demás cuelga de ahí.

Y, enlazando con la segunda parte de la pregunta, ¿cómo podemos contribuir los ingenieros agrónomos a lograr una agricultura más rentable y más sostenible?
Para mí la respuesta es muy sencilla, aunque ponerla en práctica no lo sea: solo hay una forma de que la agricultura sea sostenible, y es que sea rentable. Si una actividad no genera valor, no hay rentabilidad; y si no hay rentabilidad, no hay sostenibilidad posible. Así de claro. Por tanto, la condición de partida es una agricultura que genere valor.

Generar valor tiene dos grandes dimensiones. Por un lado, estar enfocados al mercado. Los ingenieros agrónomos trabajamos, o deberíamos trabajar, para que toda la cadena agroalimentaria –desde la estructura agraria hasta la industria y la distribución– se adapte a lo que el mercado está dispuesto a pagar. No se trata de producir y después ver si alguien lo quiere; se trata de entender primero qué demanda existe, quién es tu cliente y qué valora, y a partir de ahí organizar la producción y, con ello, la estructura productiva. Es un cambio de mentalidad importante: pasar de “gestionar la producción” a “atender una demanda”.

Hoy, con internet y con todas las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, los supermercados se han vuelto infinitos. Todo el mundo puede ser, en cierto modo, su propio tendero. Existen veganos, flexitarianos, multitud de dietas culturales, filias, fobias… Hay una cantidad enorme de nichos posibles. Siempre digo que tenemos un lineal infinito: hay sitio para muchas propuestas distintas, siempre que estén bien pensadas. El vino no es nunca un buen ejemplo, pero el caso que voy a explicar sí lo es para lo que intento explicar, estos días vi una botella que presume de venir de una explotación de 1,9 hectáreas y se vende a 300 €, lo que nos demuestra que no se trata solo de tamaño, sino de saber a qué público quieres servir y qué propuesta de valor le haces. Eso no significa que todo el mundo vaya a vender a 300 euros, pero sí que todo el mundo tiene la capacidad de pensar en qué segmento quiere competir. Y ahí el ingeniero agrónomo puede ayudar mucho a definir ese modelo y a ajustar la producción a ese objetivo. O la inversa, si mi modelo de negocio es suministrar a la gran distribución, me tendré que adaptar a ella y si eso pasa por implantar todas las certificaciones de calidad que me pidan, lo haré; y si para hacerlo tengo que ganar estructura, me asociaré o me integraré en estructuras mayores; y si esa integración pasa por perder capacidad de decisión al respecto de lo que se hace en mis parcelas, lo asumiré, como quien asume que el dinero que invierte en Telefónica no va para hacer lo que él quiera, sino lo que quieran los responsables de inversiones de la empresa.

La otra dimensión es trabajar sobre los costes. Nuestro trabajo también consiste en generar productos de valor con el menor coste posible, y cuando hablo de coste no hablo solo de dinero: también de agua, de energía, de fertilizantes, de tiempo, de emisiones, de pérdidas de producción, de desperdicios… Reducir costes y mejorar la eficiencia es un objetivo central de la sostenibilidad. Yo siempre he sido muy crítico con cómo se ha usado la palabra “sostenibilidad”, porque se ha convertido en un término manido, muchas veces mal utilizado, incluso para demonizar al sector agrario. Pero la realidad es que una parte muy importante del concepto de la sostenibilidad consiste en dejar de malgastar recursos, y ahí la ingeniería agronómica tiene muchísimo que aportar.

El problema de fondo es que el sector se mueve muchas veces en una especie de paradoja de la pescadilla que se muerde la cola: el sector agrario no invierte porque no le pagan bien, y no le pagan bien porque no invierte y no genera el valor que podría generar. El ingeniero agrónomo, en ese contexto, no deja de ser una herramienta al servicio del sector, no la varita mágica que resuelve todo. Pero es una herramienta muy potente, si se la utiliza.

Hay, además, ciertos aspectos en los que podríamos avanzar muchísimo y que, sin embargo, están bloqueados por esa parálisis. Uno de los más importantes, especialmente en la Comunitat Valenciana, es la estructura agraria. Si aquí no alteramos y mejoramos la estructura agraria, no vamos a poder competir. Y cuando digo mejorar estructura no digo “ser grande por ser grande”; digo tener una estructura adecuada al modelo de negocio que uno se plantea. No es lo mismo producir para una gran cadena generalista que para un nicho muy concreto de consumidores.

Me contaban hace poco el caso de una persona que explota 70 parcelas distintas. Si esas 70 parcelas estuvieran juntas, podría hacer una planificación perfecta, con unos costes muchísimo más bajos y con capacidad para incorporar tecnologías modernas. Pero tal y como están, dispersas, con tamaños minúsculos, lo único que consigue es trabajar con medios escasos, sin poder invertir, sin poder modernizarse. Y eso se repite en muchísimos sitios.

Mejorar la estructura agraria significa precisamente eso: adaptar la dimensión, la forma y la organización de la explotación al público al que quieres servir. Y aquí viene la idea anterior, cuando se interioriza que la clave está en atender una demanda concreta y no solo en “sacar producción”, muchos cambios que hoy parecen difíciles se vuelven más comprensibles y asumibles.

Si no hacemos ese ejercicio, lo que ocurre es que el valor se va alejando del productor. Cuando aceptamos esto, el papel del ingeniero agrónomo se ve mucho más claro.

 

Las políticas agrarias de la Unión Europea están provocando problemas para controlar las plagas y enfermedades. ¿Qué soluciones destacaría para revertir esta situación?

Cuando hablamos de políticas agrarias europeas y de plagas, suelo empezar por el principio: si antes hemos dicho que la producción agraria está en el centro, hay algo que es absolutamente consustancial a la actividad, a su viabilidad y a su persistencia, que es la sanidad vegetal. La sanidad vegetal tiene que estar exactamente en el mismo plano de prioridad que la sanidad humana y la sanidad animal. No es un “complemento”, es un pilar. Es absurdo que dediquemos dinero, agua, suelo, tiempo y trabajo a sacar adelante un cultivo y luego no tengamos herramientas suficientes para protegerlo frente a una plaga o una enfermedad.

Y aquí no hablamos solo de dinero. Cuando un agricultor ve cómo, en cuestión de días, una plaga le tira por tierra una campaña entera, no pierde solo una producción: pierde también una parte de su dignidad profesional. Es como si un pintor estuviera meses con un cuadro, y cuando está terminado pasa un gamberro, lo raja de arriba abajo y luego le dicen: “No te preocupes, ya te pagaremos el daño”. Con un agricultor pasa exactamente lo mismo: hay una pérdida económica y una pérdida moral. Y eso, que parece subjetivo, en realidad explica muy bien por qué la sanidad vegetal no es un tema menor.

A partir de ahí, miremos el contexto en el que estamos. Vivimos en una sociedad muy garantista, y Europa, en particular, es extremadamente garantista con todo lo que tiene que ver con productos fitosanitarios. Eso, en principio, es bueno: nadie quiere residuos de más ni riesgos innecesarios. El problema es que ese afán de garantizarlo todo se ha traducido en que cada vez tenemos menos herramientas para controlar plagas y enfermedades, mientras que cada vez tenemos más plagas y enfermedades que controlar. Y en un sitio como España, y muy especialmente en la Comunitat Valenciana, esto es explosivo.

Somos, literalmente, un nicho perfecto para las plagas: aquí se cultiva casi de todo por clima, así que tenemos una diversidad enorme de cultivos, y además somos puerta de entrada y zona de paso de mercancías. Por aquí pasa todo, y lo que pasa, muchas veces se queda. Las plagas exóticas nos llegan en avión, en barco, en camión, y con el clima que tenemos encuentran un sitio estupendo para instalarse. Si a esto le sumamos que las herramientas químicas clásicas se retiran a gran velocidad y que las alternativas no llegan al mismo ritmo, el resultado es muy sencillo: perderemos cosechas, tiraremos por la borda recursos y habrá agricultores que no aguanten.

¿Qué está haciendo Europa? Pues lo que hace casi siempre: primero prohíbe, y después ya veremos cómo desarrollamos el sector. Yo creo que esto hay que decirlo claramente. Si todos estamos de acuerdo en que queremos ser los más garantistas del mundo en sanidad vegetal, perfecto, adelante. Pero entonces hagámoslo en el orden correcto: antes de retirar masivamente soluciones, desarrollemos un sector alternativo potente, bien dotado, con productos de biocontrol, bioestimulantes, herramientas de predicción, etc., listo para entrar en juego. Lo que no puede ser es que prohibamos hoy y que las alternativas, si llegan, lo hagan dentro de años, porque el campo no aguanta diez años esperando.

Además, el registro de productos alternativos a la síntesis química, en la práctica, también es extremadamente lento, complejo y caro. Es decir, actuamos como el perro del hortelano: ni damos facilidades para seguir usando determinadas soluciones químicas bajo condiciones estrictas, ni facilitamos de verdad la entrada de otras herramientas. Creamos un vacío enorme. Y cuando tú creas ese vacío, lo que pasa es que aquí no puedes producir en condiciones razonables y vienen de fuera a traerte el producto, muchas veces usando en origen tecnologías que aquí están prohibidas. Dicho esto, que nadie lo interprete como un discurso anti-europeo: yo soy profundamente europeísta. Precisamente porque creo en Europa, me parece sano señalar lo que se está haciendo mal para corregirlo. Talento y conocimiento para reconducir la situación hay de sobra; no hay que inventarlo desde cero.

¿Y qué soluciones destacaría para revertir esto? La primera es asumir que la sanidad vegetal es una cuestión de sanidad pública, igual que la humana y la animal, y tratarla como tal. Eso implica invertir en prevención, en vigilancia, en sistemas de alerta temprana. En España llevamos décadas con herramientas de predicción de plagas; en Andalucía, por ejemplo, lleva muchos años anticipando con sistemas informáticos, el SIG de la Red Dacus, que hoy nos parecerían prehistóricos. Si eso existía hace treinta años, con la tecnología actual deberíamos estar a años luz. Sabemos que las dinámicas de poblaciones de plagas se pueden modelizar matemáticamente; sabemos que se pueden lanzar avisos a tiempo. Si consideramos la sanidad vegetal de interés público, tendremos que invertir en eso con la misma naturalidad con la que invertimos en vacunación o en vigilancia epidemiológica humana.

La segunda solución es ordenar bien las herramientas que tenemos y las que vienen, y dejar de plantearlo como una guerra “química versus biológica”. Igual que en medicina no tratamos todo con quimioterapia, en agricultura no todo se tiene que tratar con el mismo tipo de producto. Hay problemas que se parecen más a una gripe y se arreglan con algo equivalente a un “paracetamol agronómico”, barato, sencillo y de bajo impacto; y hay problemas que son más parecidos a un cáncer, que quizá exigen un tratamiento drástico, una “quimio agronómica” muy controlada. Nadie en su sano juicio pediría que la quimioterapia se vendiera libremente en cualquier farmacia y, a la vez, nadie quiere renunciar a ella cuando es la única opción para salvar una vida. Pues con los fitosanitarios de síntesis ocurre algo muy parecido: habrá productos que tengan que usarse muy poco, muy bien regulados, en manos muy formadas, y solo cuando no hay alternativa. Pero eso exige una estrategia, no una sucesión de prohibiciones.

En paralelo, hay un mundo de alternativas que ya existen y que debemos impulsar de verdad. Desde el COIAL, por ejemplo, hemos lanzado el primer programa profesional específico en bioestimulantes y biocontrol, porque creemos firmemente en esas tecnologías. Los bioestimulantes y los agentes de biocontrol vienen precisamente a ocupar los huecos que dejan muchos productos de síntesis que se van retirando, y son una forma muy racional de producir. Pero insisto: no son soluciones enfrentadas, son complementarias. Que yo tome un preparado de extractos naturales para mejorar la digestión no significa que, si tengo un cáncer gástrico, el oncólogo no deba usar quimioterapia. Una cosa no excluye la otra; lo que hace falta es criterio y graduación.

Lo mismo ocurre con el control biológico avanzado: si somos capaces de criar insectos beneficiosos o insectos estériles y soltarlos de forma masiva, estamos utilizando la propia biología para controlar plagas de una forma muy elegante y eficaz. El ejemplo de la bioplanta de Caudete para la mosca de la fruta es paradigmático: producir machos estériles, soltarlos sobre el territorio y, con eso, reducir drásticamente las poblaciones de una plaga que era un problema enorme. Comparemos el coste y el impacto de eso con lo que supondría tratar todos los campos a base de aplicaciones continuas, aunque fueran “ecológicas”. Ese es el camino: usar el conocimiento de la biología y de las dinámicas de población para intervenir de manera inteligente.

Otro bloque de soluciones pasa por aprovechar el estado actual del conocimiento. Hoy sabemos muchísimo más que hace unas décadas sobre fisiología vegetal, rutas metabólicas, respuesta de las plantas al estrés. Sabemos que el estado nutricional y fisiológico de una planta influye muchísimo en su susceptibilidad a plagas y enfermedades. Podemos diseñar estrategias de manejo —en riego, abonado, elección de variedades, manejo del suelo— que hagan que la planta “juegue a favor” de la sanidad vegetal. Es decir, que la planta llegue fuerte al “partido” frente a las plagas. Tenemos capacidad para gestionar las explotaciones de forma integral, y eso reduce la necesidad de intervenciones extremas.

Pero todo esto debe hacerse con orden, con responsabilidad y con mesura. Y aquí entra una parte que a mí me preocupa mucho: el relato que se ha construido en torno a la sanidad vegetal. Ha calado la idea de que la industria química que desarrolla fitosanitarios es el malo de la película, y que los agricultores que los aplican son unos inconscientes que van con el dólar en la retina envenenando a la gente para ganar más dinero. Esa imagen está muy lejos de la realidad, pero está ahí. El imaginario colectivo, sobre todo en las ciudades, es el de una persona enfundada en un EPI blanco, con una mochila llena de “veneno”, fumigando campos sin ningún criterio. Y claro, con esa caricatura es más fácil justificar cualquier prohibición.

El sector tiene que hacer un esfuerzo serio por explicar bien lo que hace y por usar las herramientas con una ejemplaridad máxima. Yo entiendo perfectamente el enfado de los productores ante la falta de herramientas; es un enfado justificado. Pero no puede quedarse solo en notas de prensa de protesta. Tiene que ir acompañado de un compromiso claro en la forma en la que usamos las soluciones tecnológicas que nos quedan y las nuevas que van saliendo. Tenemos que evitar que nos “roben el discurso” de la sostenibilidad. La agricultura ha sido, históricamente, quien ha mantenido el paisaje, quien ha gestionado el territorio, quien ha alimentado a la población; no podemos permitir que se nos presente como los villanos ambientales de la película.

Y, por último, hay que asumir que viene un nuevo modelo de agricultura, en el que se integran todas estas tecnologías —químicas, biológicas, digitales— para ofrecer productos de alto valor con el menor impacto posible. Eso exige que quien quiera ser agricultor esté cada vez más formado. De hecho, uno de los grandes yacimientos de empleo de los últimos años está siendo las empresas auxiliares de la producción agraria: fabricantes de fertilizantes, bioestimulantes, agronutrientes especiales, fitosanitarios, bacterias, micorrizas, insectos auxiliares… Ahí hay muchos ingenieros agrónomos trabajando, diseñando, probando y ajustando esas soluciones.

En resumen, yo diría que para revertir la situación actual necesitamos tres cosas: tratar la sanidad vegetal como lo que es —sanidad pública—, ordenar y graduar bien las herramientas (químicas y biológicas) en lugar de ir a golpe de prohibición, e invertir de verdad en conocimiento, prevención, biocontrol y buena comunicación. Lo que no puede seguir ocurriendo es ese desacople entre la prohibición de las soluciones que tenemos y la llegada real de alternativas viables. Cuando ese desacople se corrija y pongamos el conocimiento en el centro, tendremos una agricultura más segura, más competitiva y más respetuosa con el entorno. Y los ingenieros agrónomos estaremos ahí, porque este nuevo modelo de sanidad vegetal va, precisamente, de eso que mejor sabemos hacer: combinar ciencia, técnica y sentido común en el campo.

 

¿Considera que es necesario reducir la superpoblación de fauna salvaje en nuestro territorio?

Claro que sí, cuando es necesario, por supuesto. Y lo digo así de claro porque a veces parece que solo llamamos “plaga” a los bichos pequeñitos, a los insectos, y no es así. También puede haber plagas de animales tan grandes como un jabalí. Y para mí este no es solo un problema económico, ni mucho menos: es un problema ambiental, un problema de seguridad para las personas y un problema sanitario. Si en un territorio hay una sobrepoblación de determinadas especies, hay que gestionarla. No por capricho, sino por responsabilidad.

Hay que entender también cómo hemos llegado hasta aquí. Aunque desde la ciudad pueda dar la impresión de que cada vez hay menos naturaleza, lo que está pasando en muchas zonas es lo contrario: cada vez hay más espacios “naturalizados”, porque se han abandonado usos tradicionales. Antes, el territorio estaba mucho más explotado —en el buen sentido— por las actividades humanas: agricultura, aprovechamientos forestales, pastoreo, … Eso mantenía a raya las poblaciones de fauna.

El problema no es “cazar sí / cazar no” en abstracto, sino cómo ha cambiado la dinámica de las poblaciones y del territorio. Llega un momento en que, si no actuamos, el sistema se desequilibra por completo. Y eso no es bueno ni para la agricultura, ni para los pueblos, ni para la propia fauna a medio plazo.

Luego está otra cosa que a veces olvidamos: los animales salvajes no son tontos. Son muy listos, extremadamente listos. Si para un animal salvaje es mucho más fácil, para que nos entendamos, ir “al supermercado” a hacerse la compra, irá al supermercado. ¿Cuál es su supermercado? Muchas veces, las explotaciones agrarias. Si un jabalí, unos ciervos o unos conejos entran en un campo y encuentran ahí una “barra libre” de alimento accesible, súper nutritivo y concentrado, ¿qué van a hacer? Entrar, comérselo todo y marcharse. No van a perder energía buscando raíces u otros animales si tienen delante un buffet libre de lujo.

Ahora bien, cuando hablamos de control, las cosas hay que explicarlas muy bien y con mucha calma, porque no podemos confiar ingenuamente en que “la naturaleza ya se regula sola” en un territorio que, además, está profundamente humanizado.

Y si alguien piensa que la solución es “pues volvamos a meter depredadores grandes”, también hay que ser realistas. Depredadores como el lobo o el oso —en aquellas zonas donde existen— son tan listos como los demás. Si descubren dónde está la granja y que allí hay un rebaño de ovejas o un grupo de terneros, harán lo que haría cualquier depredador oportunista: irán donde hay comida fácil. Es decir, los depredadores naturales también generan conflictos y requieren su propia gestión. No podemos imaginar un cuento idílico donde el lobo solo se come “los animales que sobran”.

Al final, de lo que se trata es de reconocer que compartimos un espacio con la fauna silvestre y que ese espacio hay que gestionarlo con sensatez. Ni se trata de arrasar con la fauna salvaje ni de dejar que se descontrole. Se trata de asumir que, en un territorio como el nuestro, con pueblos, carreteras, cultivos, ganado, zonas naturales protegidas y zonas abandonadas, hace falta una gestión activa de las poblaciones: en algunos sitios será suficiente con mejorar el manejo del hábitat; en otros habrá que reforzar vallados o medidas de protección; y en otros, cuando la sobrepoblación es evidente y los daños son continuos, habrá que recurrir a controles poblacionales bien diseñados y bien explicados, incluida la caza, claro.

Para mí, la clave está en dos palabras: razonabilidad y responsabilidad. Razonabilidad, para entender que no podemos vivir de espaldas a la fauna salvaje ni demonizarla, pero tampoco ignorar sus efectos cuando se dispara su número. Y responsabilidad, para aceptar que, si queremos que el campo siga siendo un lugar habitable, productivo y seguro, tendremos que tomar decisiones que a veces son incómodas, pero necesarias, siempre basadas en criterios técnicos y con transparencia.

 

Los ingenieros de Caminos apuestan por modernizar y construir más presas para prevenir sequías y DANAs. Desde su visión, ¿España y la Comunidad Valenciana en particular necesitan más infraestructuras hidráulicas? ¿Cuáles?

Cuando escucho a los ingenieros de Caminos pedir más presas y más infraestructuras, en realidad lo que oigo es lo mismo que diría cualquier profesional de la ingeniería: hagamos lo que haga falta para tener un margen de seguridad suficiente para que esto no vuelva a pasar. Porque al final, si hablamos de muertes de personas y de desastres económicos como los que hemos vivido con esta y otras DANAs, la única forma de evitarlos es muy simple de enunciar, aunque no lo sea de ejecutar: que el agua no llegue donde están las personas, las casas y las industrias. Punto. Hay tecnología para conseguirlo desde hace décadas: embalses, zonas de laminación, derivaciones, encauzamientos… Las soluciones existen, las conocemos y muchas están implantadas desde tiempos inmemoriales. La cuestión no es si se puede, sino si se quiere y se planifica.

Todo esto hay que entenderlo en el contexto en el que estamos. Nos puede gustar más o menos hablar de cambio climático, entrar en matices o en debates ideológicos, pero hay una evidencia que es medible y la percibimos todos: las temperaturas han subido. Y cuando aumenta la temperatura, aumenta la energía en la atmósfera, aumenta la evaporación y se modifica el régimen de lluvias. ¿Lloverá más, lloverá menos? Depende de la zona, pero lo que sí sabemos es que lloverá distinto: más concentrado, más torrencial, más irregular. Si queremos seguir viviendo de una manera razonablemente cómoda y segura, necesitamos infraestructuras adaptadas a ese régimen. A cada territorio le toca hacerse las infraestructuras que necesita.

A partir de ahí, la pregunta de “¿qué infraestructuras?” ya no admite una respuesta simple del tipo “más presas sí” o “más presas no”. Cada vez está más claro para todos los ingenieros que la solución pasa porque todo el territorio entre en juego. Tenemos que ser capaces de diseñar el territorio —ríos, llanuras de inundación, zonas agrícolas, ciudades— para que los efectos de las DANAs y de las lluvias extremas se amortigüen. Y tenemos que hacerlo sabiendo que trabajamos con probabilidades, no con fechas fijas. Se habla mucho de periodos de retorno de 500 años o de 1.000 años, y a veces se interpreta mal: no significa que, si hemos tenido hoy una lluvia con un periodo de retorno teórico de 500 años, ya estamos “exentos” los próximos 499. Significa que hay una probabilidad muy baja, pero no nula, de que eso ocurra; y esa misma probabilidad existe el año que viene. Es decir, podemos volver a tener un episodio muy extremo dentro de cinco años perfectamente. No nos podemos dormir.

Las presas, además, solo se pueden construir donde se pueden construir: hace falta una orografía concreta, unas condiciones geológicas determinadas, unas afecciones ambientales asumibles… Cuando esas condiciones no se dan, no se pueden hacer presas y punto, habrá que optar por otras soluciones. Pero alternativas hay. Lo importante es entender que no se trata de “la presa milagrosa”, sino de una malla de actuaciones que, sumadas, reduzcan el riesgo.

Y, por suerte, nunca en la historia hemos tenido tantas herramientas como ahora para gestionar todo esto. Tenemos tecnologías de la información y de la comunicación que nos permiten medir en tiempo real, saber qué está pasando en cada cuenca, y capacidades de cálculo que hace veinte años eran ciencia ficción. Igual que decíamos con las plagas, la palabra clave es anticipación: con sensores, modelos y datos podemos prever crecidas, gestionar embalses, decidir cuándo y cuánto derivar agua… Pero esa capacidad hay que desplegarla, no basta con que exista en teoría.

En cuanto a las sequías y al exceso de agua, yo lo tengo bastante claro: lo que necesitamos son sistemas muy flexibles. No podemos diseñar un sistema pensando solo en la sequía extrema ni solo en la lluvia extrema; la realidad se mueve entre esos dos extremos y tenemos que ser capaces de gestionar las situaciones intermedias. Eso significa crear redes —y subrayo lo de redes— lo más multifuncionales posibles. Aprovechar todo lo que podamos aprovechar y guardar todo lo que podamos guardar. El dicho valenciano de “qui guarda, quan té, menja quan vol” aquí se aplica al agua al pie de la letra: cuanta más capacidad de almacenamiento tengamos, más margen de maniobra tendremos.

Muchas de las infraestructuras de reserva —llámense embalses, balsas, pequeñas presas de laminación, etc.— cumplen una doble función: por un lado almacenan agua para riego, abastecimiento, usos ambientales… y por otro lado amortiguan las avenidas en episodios de lluvias intensas, reduciendo el pico de caudal que baja hacia las zonas habitadas. Además, hace falta volver la vista a la cabecera de los ríos: la deforestación, el abandono de la agricultura de montaña y de las laderas, la falta de una gestión activa del monte ha favorecido los arrastres masivos en las últimas DANAs. Ahí se pueden hacer actuaciones que, a la vez que reducen erosión, favorecen la recarga de acuíferos.

En mi opinión, sí hacen falta más infraestructuras de acumulación de todos los tamaños —grandes, medianas y pequeñas—, pero eso no basta: también necesitamos sistemas que conecten mejor las distintas fuentes de agua. Por ejemplo, hace falta comunicar las aguas regeneradas (las que salen de las depuradoras, convenientemente tratadas) con las comunidades de regantes, y también hace falta que las propias comunidades de regantes puedan conectarse entre sí. A menudo, cuando hablamos de trasvases, solo pensamos en las “autopistas” de agua, en las grandes obras entre cuencas, pero igual que en carreteras no solo tenemos autopistas: necesitamos nacionales, autonómicas, comarcales y calles locales. En agua, lo mismo.

Eso nos llevaría a un sistema donde, en función de la necesidad del momento, puedo usar agua de aquí o de allá, diseñar auténticos “cócteles de agua” para maximizar el uso del recurso. Cuanta más agua tengamos disponible en acuíferos, balsas y embalses, más seguridad tendremos. Y si, además, avanzamos hacia entornos de “vertido cero”, donde las aguas residuales se regeneran y se reintroducen en el sistema en lugar de tirarse al mar o al río sin más, mejor. Cuanto antes empecemos a diseñar y a implantar estos sistemas, antes abarataremos sus costes, antes serán socialmente más aceptables y mejor financiables, y antes tendremos territorios seguros desde el punto de vista de la habitabilidad, de las sequías y de los desastres naturales.

Hay aquí también una cuestión de percepción social. Nos parece lo más normal del mundo reivindicar el AVE, el metro, el tranvía, los autobuses, las rondas, las variantes… Todos entendemos que las infraestructuras de transporte son progreso y no digamos nada de las infraestructuras de telecomunicaciones. En cambio, nos cuesta mucho más reivindicar con la misma intensidad todos los niveles de infraestructuras hidráulicas, y sin embargo son las que van a decidir en buena medida si un territorio es habitable y competitivo o no. Cuanto más flexible sea el sistema hidráulico, más seguro será todo lo demás.

Y eso sin haber entrado todavía en la primera parte de la pregunta, que son todas las infraestructuras de protección frente a inundaciones. Ahí la lógica es la misma: hagamos que todo el territorio juegue su papel, aprovechemos todo lo que se pueda aprovechar y seamos capaces de encauzar —nunca mejor dicho— los excesos de agua hacia espacios donde no generen conflictos con la población, ni con la economía, ni con los polígonos industriales. Si para eso hace falta una presa, que se haga la presa.

Otro punto muy importante es L’Albufera. L’Albufera ha funcionado como una infraestructura verde crucial en la gestión de la última DANA, recibiendo grandes volúmenes de agua. Pero no podemos tener una visión naïf de que “la Albufera ya se autogestionará”. Nosotros queremos una Albufera como la que conocemos hoy, y nos sentaría muy mal que otra DANA o cualquier otro episodio la colmatara de sedimentos. Eso significa que, probablemente, tendremos que empezar a pensar en dragados parciales, sectoriales, cuidadosamente diseñados, que mejoren su capacidad hidráulica sin cargarse el ecosistema. Hablar de infraestructuras hidráulicas es hablar también de eso, no solo de hormigón.

En realidad, cuando hablamos de infraestructuras hidráulicas deberíamos pensar en un abanico muy amplio: desde las actuaciones en cabecera para favorecer la recarga de acuíferos y reducir la erosión, pasando por pequeñas obras en barrancos y ramblas, balsas de laminación, redes de aguas regeneradas, interconexiones entre sistemas de riego, hasta los encauzamientos y defensas en las desembocaduras. La tecnología está ahí. Aceptamos con naturalidad tecnologías muy sofisticadas para la vida diaria —en el móvil, en el coche, en casa—, pero somos mucho más reticentes a aceptar la tecnología aplicada al territorio. Tenemos que ser coherentes.

Y, por supuesto, todo esto hay que hacerlo con la sensibilidad ambiental que exige el siglo XXI. La época del desarrollismo en la que se hacían obras solo por su funcionalidad, sin pensar en el paisaje, en la biodiversidad o en cómo las percibe la población, ha pasado. Hoy a ningún ingeniero se le ocurre plantear una infraestructura ignorando su integración en el entorno. Eso lo tengo clarísimo.

Así que, respondiendo de forma directa: sí, España y la Comunitat Valenciana necesitan más infraestructuras hidráulicas, pero sobre todo necesitan que esas infraestructuras formen parte de un sistema flexible, en red, que haga jugar a todo el territorio, desde los biosistemas más naturales hasta los espacios más antropizados. No se trata de hacer únicamente “una gran obra” y pensar que todo está resuelto, sino de tejer un conjunto coherente de soluciones que nos permitan convivir mejor con el agua, tanto cuando falta como cuando sobra.

 

La excesiva presencia de cañas también agravó los daños de la DANA. ¿Qué gestión debería implementarse en los cauces?

Yo creo que a estas alturas casi todo el mundo tiene claro que la presencia masiva de cañas agravó los daños de la DANA. Y se entiende muy bien con un símil que todos conocemos: las cañas en los cauces han hecho el mismo papel que las toallitas higiénicas que se han prohibido en saneamiento. Son fibras muy resistentes que se enredan, forman marañas y acaban creando auténticos tapones. Pues las cañas, a lo grande. Hemos visto todos imágenes de puentes, ojos de drenaje y tramos de barrancos completamente “empotrados” de cañas, que se han trenzado unas con otras y han formado auténticas presas. El agua, cuando encuentra ese parapeto, no pasa: se sale por donde puede, desborda, erosiona y multiplica los daños.

A partir de ahí, la pregunta es: ¿qué gestión hay que hacer en los cauces? Como siempre, lo primero es saber qué queremos conseguir en cada tramo y estudiar bien el caso. Pero hay una cosa que está clarísima: la caña común, Arundo donax, es una especie invasora, y como tal hay que tratarla. No es una anécdota ni un simple “matorral más” en la ribera. Es una especie exótica, extremadamente competitiva, que desplaza a la vegetación autóctona y altera el funcionamiento del río. Es decir, no solo genera un problema hidráulico sino también un problema ambiental serio.

Existen muchas técnicas para controlar su población: mecánicas, químicas, combinadas, etc. No todas valen en todos los sitios, como pasa siempre, y por eso hace falta diseñar una estrategia de gestión robusta, pensada a largo plazo, no una “limpieza puntual”. La caña es increíblemente eficiente, yo siempre digo que es la enemiga perfecta: todo lo que hace, lo hace para su propio beneficio, no aporta fruto, no alimenta apenas a nadie, no mejora el hábitat… Es, de todas las plantas que conozco, de las más “egoístas”. Antes, una parte de su población se mantenía a raya porque se usaba: en cestería, en construcción, para entutorar, etc. La propia demanda humana era un factor de control. Hoy, en cambio, ese uso ha caído y la planta campa a sus anchas.

¿Y qué opciones tenemos ahora? Básicamente dos. Una, asumir que hay que controlarla y pagar por ello, como se paga por mantener una carretera o una acequia. Y dos, intentar que se desarrollen usos nuevos a partir de la caña (biomasa, materiales, lo que sea viable) para que una parte del control se financie explotando ese recurso. Seguramente la solución real será una combinación de ambas: un plan de gestión con presupuesto público y privado, y a la vez investigación de usos que hagan rentable su retirada.

En todo este esquema, yo estoy convencido de que los agricultores tienen un papel fundamental. Los agricultores saben perfectamente manejar el territorio, conocen las técnicas, tienen la maquinaria y la experiencia para trabajar en condiciones difíciles. Si en Europa se habla de la agricultura como actividad multifuncional, que debe también rentabilizar las externalidades que genera, apliquémoslo de verdad: ¿por qué no confiar en los agricultores para gestionar determinados tramos de cauces y zonas de ribera? Podrían asumir parte de esa gestión con contratos, convenios o fórmulas similares. Tienen las herramientas, tienen el conocimiento y lo harían muy bien.

Lo que no podemos hacer, una vez más, es caer en el error de pensar que “la naturaleza ya se autorregulará”. La naturaleza, por supuesto, hará lo que tenga que hacer… pero a su ritmo, y el ritmo de los procesos naturales no coincide con el de nuestras necesidades. Si esperamos a que la caña “se autorregule”, quizá dentro de mil años el río haya encontrado un nuevo equilibrio, pero esa no es nuestra escala, no es una escala humana.

Por eso vuelvo a lo mismo que he repetido en otras respuestas: hay que gestionar el territorio, sí o sí. Y gestionar el territorio, en este caso, es reconocer que la caña invasora empeora las inundaciones, que apenas aporta nada positivo al sistema, y que debemos planificar su control como una política seria, continuada, apoyándonos en quienes mejor saben trabajar el campo y la ribera. Solo así nuestros cauces serán más seguros, más funcionales y, paradójicamente, también más naturales, porque daremos espacio a la vegetación de ribera autóctona que sí cumple un papel ecológico y de defensa frente a las avenidas.

 

Este año hemos sufrido muchos incendios. ¿Qué papel desempeñan los agricultores y ganaderos en la prevención de incendios forestales?

Este tema de los incendios, para mí, está en la misma línea que lo que hemos hablado de las cañas o de la fauna salvaje: es exactamente el mismo problema de fondo. Hemos asumido —con razón— que la naturaleza tiene una enorme capacidad de autoorganizarse y de adaptarse. Eso es cierto. Lo que no podemos perder nunca de vista es que la velocidad a la que la naturaleza se adapta no es la velocidad a la que nosotros podemos permitirnos esperar. Y ahí está el choque.

Tenemos dos opciones teóricas: o nos adaptamos nosotros a la naturaleza,
o adaptamos la naturaleza a nuestro ritmo.

Lo primero ya lo probamos en la prehistoria, y todos sabemos cuál era entonces la esperanza de vida. Hoy, afortunadamente, vivimos de otra manera, y eso implica asumir responsabilidades sobre el territorio. Sabemos que los sistemas biológicos tienen resiliencia, que un ecosistema es capaz de rehacerse, incluso a veces con más fuerza que antes. Pero, insisto, la escala temporal de esa resiliencia no es la escala humana. La naturaleza se rehace en décadas; los incendios nos arrasan en horas.

¿Qué hemos visto este año con los incendios forestales —y también con la DANA—? Hemos visto en cabeceras de cuenca unos arrastres brutales, una erosión tremenda, problemas muy graves, y una constante: en muchísimas zonas ya no hay agricultura de montaña, ya no existe ese mosaico agrícola‑forestal que antes actuaba como el mejor cortafuegos posible, con un impacto paisajístico y cultural bajísimo. Ese mosaico de campos, pastos y monte era un “freno” natural al fuego y a la erosión. Hoy, en muchos sitios, eso ha desaparecido.

Y aquí es donde cuesta tanto hacer entender que invertir en un espacio agrario activo, en una interfaz agroforestal viva y en una gestión activa del monte es una inversión, no un gasto. Es una inversión que ahorra dinero después en extinción de incendios, en reparación de infraestructuras, en limpieza de lodos, en daños ambientales.

También tengo muy claro que muchas explotaciones en bancales de montaña, donde casi no cabe ni un tractor, hoy no son agronómicamente rentables. Lo mismo pasa con un pastoreo tradicional puro y duro: en muchos casos, por sí solo, no sale a cuenta. Y tampoco podemos ir donde el agricultor de una ladera perdida o el ganadero extensivo y decirle: “Oye, conviértete en productor de ultra‑alta calidad y vende producto gourmet a precio astronómico”. Primero, porque no todo el mundo tiene la capacidad o las ganas de meterse en ese lío; y segundo, porque el mercado no da para que todos sean nicho premium.

Ahora bien, lo que sí tengo clarísimo es que sí podemos y debemos remunerar los servicios que prestan. Si entendemos que mantener ese mosaico agroforestal nos ahorra muchísimo dinero en extinción, que favorece la recarga activa de acuíferos, que cuando llueve fuerte los bancales bien mantenidos sujetan la tierra, entonces tenemos que preguntarnos: ¿cuántos hectómetros cúbicos de lodos han bajado este año desde las partes altas de las cuencas, que no habrían bajado si hubiera habido cultivo y mantenimiento de infraestructuras tradicionales?, ¿cuántos millones y cuánto disgusto ambiental nos habríamos ahorrado si esos montes que han ardido hubieran tenido actividad agraria y ganadera que redujera la biomasa disponible para arder?

Nos hemos contado durante años la historia de que “una ardilla podía ir de Cádiz a los Pirineos de árbol en árbol”, como si España hubiera sido siempre una alfombra continua de bosque. Basta con mirar las fotos aéreas antiguas —las del año 45, por ejemplo— para darse cuenta de que eso no era así: los montes y los barrancos estaban gestionados y aprovechados. Donde se podía hacer un cultivo, aunque fuera pequeño, se hacía. Donde solo quedaba espacio forestal, ese bosque se manejaba para sacar leña. Hoy nuestros hornos no funcionan con leña, nuestras calefacciones tampoco, y esa biomasa se queda en el monte, acumulándose año tras año. Pues algo tendremos que hacer con eso.

Y aquí entro ya en la pregunta: ¿qué papel desempeñan los agricultores y ganaderos en la prevención de incendios?

Para mí, la respuesta es clara: un papel central. Son quienes tienen el know‑how, quienes saben cómo manejar el terreno, quienes tienen la maquinaria y la experiencia para trabajar en pendientes, en bancales, en caminos de montaña. ¿Por qué no les encargamos esa función de prevención de una forma organizada y remunerada?

Hay algo que aceptamos sin discutir en los pueblos: si hay una casa en ruinas que amenaza con caerse, el responsable de asegurarla es el propietario. Si no actúa, el ayuntamiento interviene y luego le pasa la factura. Nadie cuestiona que una propiedad no puede ser un peligro para terceros. Pues con los campos, con muchas fincas abandonadas, debería pasar lo mismo. Si un terreno es tuyo, no puede convertirse en una bomba de biomasa descontrolada.

Los agricultores ya tienen la maquinaria para mantener esos espacios en unas condiciones razonables. Del mismo modo que existe la UME, ¿por qué no pensar en algo parecido a una “Unidad de Emergencia de Agricultores y Ganaderos”? Ellos son quienes están en el territorio, cada día, con sus tractores adaptados a cada medio, con un conocimiento del terreno infinitamente superior al de cualquiera que lo mire desde un despacho. Tienen una función social clarísima. Las organizaciones agrarias deberían reivindicar eso con fuerza.

No se trata de que toda la responsabilidad caiga sobre ellos, pero sí de reconocer que son un recurso valiosísimo que estamos infrautilizando. A lo mejor el hijo de un agricultor mantendría la explotación familiar si supiera que, además de producir, puede completar sus ingresos haciendo trabajos ambientales: si puede triturar sus restos de poda, ¿por qué no se encarga de los restos de biomasa de monte?, manteniendo cortafuegos, cuidando caminos… Los ganaderos, igual: sus animales son desbrozadoras con patas.

Pasa con esto como con las cañas: antes había cañas, sí, pero menos, y se mantenían a raya porque se usaban para construcción, para entutorar, para la cestería. La gestión era gratuita, incluso generaba valor. Ahora, como no se usan, se disparan. Con el pastoreo ha ocurrido algo muy parecido: antes era una necesidad económica básica y, en consecuencia, el territorio se mantenía “segado”. Hoy, ese sistema ya no se sostiene solo. ¿Podríamos tener cuadrillas forestales “compuestas por animales”? Por supuesto. Podríamos combinar rebaños y personas para mantener cortafuegos vivos. Pero para eso hay que contar, insisto, con agricultores y ganaderos.

Y eso vale para grandes y pequeños. Un agricultor grande, con sus cuadrillas y su maquinaria, podría alargar unos meses el trabajo de sus temporeros con labores forestales y agroambientales: mantenimiento de fajas auxiliares, limpieza de linderos, reparación de bancales, etc. Hoy, muchas máquinas agrícolas pasan buena parte del año paradas. Las campañas son cada vez más cortas porque los tractores son más eficientes y se hace más trabajo en menos tiempo. Curiosamente, esos periodos muertos coinciden bastante bien con la época en la que más manos harían falta en el monte. Cuando se acaba la campaña de la aceituna o de la naranja, ¿por qué no aprovechar ese capital humano y mecánico para trabajos de prevención en el medio forestal? El coste sería mínimo comparado con el beneficio ambiental y económico que obtendríamos evitando grandes incendios.

Es verdad que hay sitios donde, por mucho que nos empeñemos, la rentabilidad agraria directa no va a existir, salvo que alguien tenga una idea de producto de muy alto valor. Pero cuando existe esa idea, deberíamos facilitar el acceso a la tierra. Ahí está la llamada “viticultura heroica”: en la Ribeira Sacra, en el Bierzo, en Valdeorras, en las laderas del Rin… hemos visto viñas en pendientes imposibles, subiendo la uva con poleas y carretas. Son ejemplos de cómo se puede aprovechar un territorio complejo cuando hay un modelo de negocio detrás. Quien tenga una idea así, facilitémosle que la desarrolle.

Lo que no tiene sentido es el ultraprotectonismo que dice: “Si entramos a gestionar, se pierde el encanto”. No, es justo al revés: se recupera el paisaje que hemos heredado. La Serra de Tramuntana es un buen ejemplo, y podríamos citar muchas sierras nuestras. Hay que desmontar ese mito de que “a la naturaleza no hay que tocarla”. ¡¡Claro que hay que tocarla, si convivimos con ella!! La naturaleza seguirá su curso, pero si queremos que siga su curso sin llevarse por delante nuestros pueblos, nuestras infraestructuras y nuestros montes, tenemos que intervenir y adaptarla un poco a nuestro ritmo, porque nosotros no podemos adaptarnos al suyo.

Y no olvidemos algo que enlaza con lo que decía antes sobre fauna salvaje: los animales salvajes no son la solución a este problema. Igual que el jabalí prefiere ir a un campo de maíz que a buscar raíces duras, no va a entrar voluntariamente en un pinar a comerse el matorral que no le gusta. Siempre preferirá el “bufet libre” del cereal. Quien sí puede ayudarnos a limpiar el monte son los rebaños manejados por pastores que saben dónde hace falta que pasten y cuándo. Eso, de nuevo, es agricultura y ganadería activa.

En definitiva, estamos probablemente en el momento de mayor acumulación de biomasa de la historia reciente: más CO₂, más temperatura, en muchos sitios más precipitaciones o más irregulares… Es el cóctel perfecto para grandes incendios. Pero también es una oportunidad para replantearnos el papel de agricultores y ganaderos. Su papel en la prevención es enorme: manteniendo el mosaico agroforestal, reduciendo biomasa, cuidando bancales y caminos, detectando riesgos, siendo presencia activa en el territorio. Lo único que falta es que les reconozcamos esa función, la ordenemos y la paguemos como lo que es: un servicio esencial de seguridad, de protección civil y de conservación del medio natural.

 

Para finalizar, ¿qué mensaje quiere trasladar al sector agrario? ¿Hay futuro en el campo, qué retos debemos superar?

Para mí es muy difícil condensar todo en un único mensaje, pero si tuviera que responder de forma clara, respondería con la pregunta que me haces después: sí, hay futuro en el campo, pero solo si somos capaces de superar retos, de asumir que el mundo ha cambiado y vencer muchas reticencias nuestras.

Durante mucho tiempo hemos vivido en un esquema en el que el mercado se adaptaba a la producción agraria. Se producía lo que se podía con la tecnología, la estructura y las explotaciones que teníamos, y el consumo se acomodaba a esa oferta. Eso, hoy, ya no es así. Hemos pasado a un escenario radicalmente distinto: ahora es la actividad agraria la que tiene que adaptarse al mercado. Esto no es una frase hecha. Cuando interioricemos de verdad este cambio, veremos que todos esos cambios que decimos “que habría que hacer” dejan de ser opcionales: se tienen que hacer.

Lo primero que tenemos que tener claro es que el campo tiene futuro porque la alimentación tiene futuro. Comer es irrenunciable. Y hay algo más: no podemos permitirnos que nuestra alimentación dependa de terceros. No podemos resignarnos a que la producción agraria esté fuera o dependa de agentes externos y que aquí nos llegue solo lo que a otros les interese colocar. La producción tiene que ser nuestra y, además, tiene que estar respaldada por nuestra propia sociedad. La población tiene que responder ante quienes les dan de comer. Vivimos en una economía de mercado, sí, pero también hay un compromiso con quien asegura que el que una necesidad básica nuestra quede cubierta. Esa mezcla —soberanía alimentaria y lógica de mercado— es uno de los grandes retos que tenemos que saber gestionar.

Y aquí hay que asumir que la función del comercio es atender las necesidades de sus clientes. El comercio minorista —cada vez más integrado y más organizado— va a ofrecer lo que sus clientes le pidan, o aquello por lo que sus clientes estén dispuestos a pagar más y mejor. Es su lógica. Por tanto, si nosotros no trabajamos esa relación con el cliente final, si no nos preocupamos de qué quiere, de qué valora, si no somos capaces incluso de crear nuevas necesidades ligadas a nuestros productos, tengamos claro que alguien lo hará por nosotros. Y, cuando eso ocurra, alguien ganará la partida… y puede que no seamos nosotros.

No es de recibo que, en los lineales de los supermercados, tengamos cinco tipos de manzanas y solo una naranja… aquí, en territorio citrícola. Aquí es donde deberíamos haber construido muchísimo valor alrededor de la naranja: variedades para cada temporada, para cada uso, para cada gusto. ¿La quieres más ácida, más dulce, más pequeña, como quieres el gajo? Hay infinidad de variedades capaces de responder a todo eso, y sin embargo no las estamos llevando al lineal como se merecen. Eso es no haber entendido el papel de la diferenciación y de la comunicación.

Por eso digo que tenemos que aceptar que los tiempos pasados han pasado. El futuro —y el presente— es este: el consumidor demanda, y yo, como agricultor o ganadero, ya no vendo directamente al consumidor, sino que, casi siempre, le vendo a un intermediario, que es el comercio minorista. Ese comercio va a ofrecer lo que le interese en función de sus clientes, no lo que nos interese a nosotros. Si nosotros nos desconectamos, si no escuchamos a ese cliente final, si dejamos que otros le cuenten lo que es bueno comer, lo que es sano, lo que es sostenible, seremos meros espectadores.

De ahí sale el primer gran reto que tenemos que interiorizar: ya no gestionamos la oferta, atendemos la demanda. Este es el punto de partida. El segundo reto, inmediatamente después, es entender que para atender esa demanda necesitamos un plan. No podemos seguir plantando “lo que toca, lo de siempre o lo que hace el vecino al que le va bien”. Necesito saber qué mercado quiero atender, con qué producto, con qué propuesta de valor. Y, a partir de ahí, pensar qué necesito tener para hacerlo bien.

Ese plan es el que me llevará a la estructura adecuada. Puede significar que tengo que asociarme con otros, integrarme en cooperativas más grandes, fusionar explotaciones o coordinarme para tener tamaño suficiente. Puede significar que debo renunciar a una parte de la capacidad de decisión individual sobre “mi trozo” de tierra para ganar capacidad colectiva. Puede significar que, si quiero jugar en mercados de ultra‑calidad, tengo que hacer inversiones importantes y asumir que no todos podemos ni debemos competir en volumen. Lo importante es que la estructura, los medios de producción y las inversiones estén alineados con un plan realista y con un mercado concreto, no con impulsos.

Y luego está la comunicación, que es absolutamente clave. Si no trabajamos la comunicación, no solo hacia el comprador profesional, sino hacia la sociedad en general, estaremos perdidos. En un mundo donde otros sectores se dedican a crear necesidades —a veces desde la nada—, si nosotros no somos capaces de contar lo que hacemos y de generar deseo en torno a nuestros productos, lo harán otros. Y ganarán ellos.

Además de la comunicación de producto, hace falta una comunicación sectorial. No podemos permitir que nos roben el discurso. No podemos dejar que otros expliquen qué hace la agricultura y la ganadería, ni que se nos identifique solo con problemas o con protestas. Tenemos que construir un relato constante y positivo sobre lo que hacen cada día agricultores y ganaderos por la sociedad y por el medio ambiente. Y remarco lo de positivo: nadie se acerca a un sector en el que solo se habla en negativo.

Luego nos sorprendemos de que falte relevo generacional, pero pensemos con honestidad: si la imagen pública del sector se limita a momentos de queja y de súplica, ¿quién va a querer entrar? ¿Acaso el sector no hace millones de cosas cada día por la sociedad, por el paisaje, por los ecosistemas? Claro que sí. Hay materia de sobra para construir una comunicación positiva, atractiva, que enseñe que ser agricultor o ganadero puede ser un proyecto de vida ilusionante.

Yo, personalmente, ansío ser agricultor. Y no lo digo por quedar bien, lo digo porque conozco todo lo bueno que tiene la agricultura. Es una vida sana, de contacto con la naturaleza, que llena. Es una actividad intelectual —porque hay que pensar, planificar, interpretar datos, gestionar riesgos—, es una actividad física y también, para mucha gente, entre la que me incluyo, una actividad espiritual. No podemos olvidar que es la primera actividad del ser humano, y eso, de una manera u otra, está en nuestro ADN. Si el mensaje que lanzamos sobre esa actividad es siempre “huye de aquí”, ¿qué esperamos que pase?

De hecho, se ve claramente en los propios ingenieros agrónomos: hay más gente trabajando —y mejores condiciones— en el ámbito de los residuos que en el agrario. ¿Por qué? Porque uno ha sabido transmitir que su función es esencial para la sociedad, y el otro no. Eso es un problema gravísimo. Si no cambiamos esta dinámica, necesitaremos un cambio en profundidad de todo el sistema de comunicación del sector. Nadie quiere apuntarse al “equipo perdedor. Si nos empeñamos en contar que lo mejor es no entrar en el sector agrario, ni tendremos gente que quiera incorporarse ni tendremos gente que quiera comprar nuestras explotaciones cuando las queramos dejar. Seguiremos con los mismos problemas de movilización de tierras de siempre.

En resumen, el mensaje que quiero trasladar es que sí hay futuro en el campo, y que puede ser un futuro muy digno y muy atractivo, pero pasa por asumir tres cosas:
que la alimentación es estratégica y no puede depender de otros; que ya no gestionamos la oferta, sino que atendemos una demanda concreta que tenemos que conocer y, en parte, crear; y que necesitamos un cambio profundo en cómo nos organizamos y en cómo nos contamos las cosas, hacia dentro y hacia fuera.

Si hacemos ese esfuerzo —de planificación, de estructura, de orientación al mercado y de comunicación positiva— el campo no solo tendrá futuro: tendrá presente. Y un presente del que mucha gente querrá formar parte.

La CE atiende demandas de AVA-ASAJA para endurecer los controles a las importaciones

Valencia, 10 de diciembre de 2025. El comisario de Salud y Bienestar Animal, Olivér Várhelyi, presentó diversas actuaciones de la Comisión Europea dirigidas a reforzar los controles a las importaciones agrarias en las fronteras de la Unión Europea y en terceros países. Este paquete de medidas llegó apenas un mes después de la reunión que la Asociación Valenciana de Agricultores (AVA-ASAJA), formando parte de una delegación de ASAJA ante diferentes autoridades de la UE, mantuvo con el gabinete del comisario húngaro, durante la cual la organización agraria trasladó sus reivindicaciones en este mismo sentido y, a diferencia de anteriores ocasiones, recibió una buena predisposición a estudiarlas por parte de los representantes comunitarios.

Entre otras medidas, la Comisión Europea anunció un aumento del 50% en el número de auditorías realizadas en países no pertenecientes a la UE durante los próximos dos años, manteniendo el nivel de control en los países de la UE; un incremento del 33% en las auditorías de los puestos de control fronterizos europeos, a fin de verificar que los Estados miembros están llevando a cabo inspecciones fronterizas de acuerdo con los requisitos de la UE; y un seguimiento más estrecho de los productos y países que no cumplen las normas, aumentando la frecuencia de los controles según sea necesario.

Para ello, Bruselas también propuso un apoyo de la Comisión a los Estados miembros que realicen estos controles adicionales; la creación de un Grupo de trabajo de la UE específico para hacer más eficientes los controles de las importaciones, que se centrará en particular en los residuos de plaguicidas, la seguridad de los alimentos y piensos y el bienestar animal, y estudiará la posibilidad de adoptar medidas coordinadas de seguimiento de la UE sobre productos importados específicos; la formación de alrededor de 500 funcionarios de las autoridades nacionales sobre controles oficiales, a través de un programa específico de la UE; y normas actualizadas para permitir la importación de productos con trazas de pesticidas especialmente peligrosos que están prohibidos en la UE, de acuerdo con las normas internacionales actualizadas recientemente.

El presidente de AVA-ASAJA, Cristóbal Aguado, valora positivamente que la Comisión haya atendido algunas de las demandas defendidas por la asociación en Bruselas: “El comisario de Salud confirma un cambio de discurso en la UE. En lugar de recibir los acostumbrados rechazos o vagas promesas que nunca se cumplen, encontramos respuestas positivas que se concretan en medidas contundentes. Estos pasos son necesarios para avanzar hacia la deseada reciprocidad respecto a las importaciones de países terceros, de tal manera que los productores europeos no sufran competencia desleal y los consumidores europeos tengan garantizada la seguridad de todos los alimentos, independientemente de su origen europeo o no europeo. Vamos a seguir reivindicando y estar vigilantes para que estas medidas y otras se cumplan en defensa de nuestros agricultores y ganaderos”.

 

Precio de la Lonja de Cítricos de Valencia - 9 de diciembre de 2025

ASAJA pide un presupuesto específico para el vino y exige al Gobierno un apoyo equiparable al de Francia

ASAJA valora positivamente el acuerdo político alcanzado entre el Consejo de la UE y el Parlamento Europeo sobre el llamado “paquete del vino” y, en relación con la nueva PAC, solicita un presupuesto específico para el sector vitivinícola conforme está actualmente. Advierte de que, si no se establece, se dejaría en manos de cada Estado miembro buena parte del apoyo efectivo al sector y podría generar desigualdades entre viticultores europeos.

Según ha informado el propio Consejo, el acuerdo provisional –cerrado el 4 de diciembre de 2025– moderniza la política vitivinícola con medidas para ajustar oferta y demanda, reforzar la adaptación al cambio climático, simplificar el etiquetado, aplicar los términos vino sin alcohol y vino reducido en alcohol, impulsar el enoturismo y combatir enfermedades de la vid como la flavescencia dorada. De todas estas medidas, para ASAJA la más importante es la posibilidad de un presupuesto extraordinario de la UE para arranque.

ASAJA recuerda que durante las negociaciones pidió mantener la especificidad del sector del vino, con un marco y un presupuesto propios que garantizaran que las mismas medidas y niveles de apoyo estuvieran disponibles en todos los países, y no solo allí donde los gobiernos nacionales decidieran aportar más fondos. Todo apunta a que esa petición no se verá plenamente recogida. La organización lamenta también que no se contemple la posibilidad de traspasar fondos no utilizados de un ejercicio financiero al siguiente.

Por ese motivo, ASAJA reclama ahora al Gobierno de España que dé un paso al frente y apoye al sector vitivinícola con la misma contundencia que otros Estados, como Francia, utilizando todas las herramientas disponibles: fondos de la PAC, programas nacionales y recursos adicionales cuando sea necesario. De lo contrario, advierte, los viticultores españoles partirán en desventaja en un mercado único donde sus competidores sí contarán con un respaldo público claro.

La organización subraya que el viñedo es un pilar económico y social en amplias zonas rurales de España, clave para el empleo, la fijación de población y la conservación del paisaje agrario. En este contexto, considera imprescindible que las nuevas posibilidades que abre el acuerdo europeo –arranques para evitar excedentes, inversiones climáticas, enoturismo, innovación o promoción exterior– se acompañen de un presupuesto concreto y suficiente para el vino, y no queden solo como un catálogo voluntario de medidas.

 

AVA-ASAJA crea materiales didácticos para reforzar la prevención de riesgos laborales en el sector agrario

La Asociación Valenciana de Agricultores (AVA-ASAJA), en colaboración con el Servicio de Prevención Mancomunado Agrario y financiado por la Conselleria de Educación, Cultura, Universidades y Empleo de la Generalitat Valenciana, ha elaborado una completa serie de materiales didácticos orientados a mejorar la seguridad y la prevención de riesgos laborales en el ámbito agrario. La iniciativa forma parte de su estrategia para fomentar buenas prácticas entre agricultores y trabajadores del campo mediante herramientas formativas accesibles, visuales y fáciles de aplicar en el día a día.

Los nuevos recursos incluyen vídeos explicativos, manuales detallados, carteles informativos y folletos divulgativos que estarán a disposición de los agricultores y ganaderos en la página web de la organización y en el canal de Youtube en el caso de los vídeos.

Las temáticas abordadas por este material abarcan cuatro áreas clave: Emergencias en el sector agrario: cómo actuar ante incendios, accidentes, condiciones climáticas extremas y otras situaciones críticas; primeros auxilios en el sector agrario: pautas básicas y avanzadas para responder de manera segura y eficaz ante lesiones comunes en el campo; prevención de riesgos laborales en el cultivo de cítricos: recomendaciones específicas para reducir accidentes durante labores de poda, recolección, uso de maquinaria y manejo de herramientas; y la prevención de riesgos laborales en el uso de productos fitosanitarios: información sobre equipos de protección, manipulación segura, almacenamiento adecuado y actuación ante intoxicaciones.

Desde AVA-ASAJA señalan que estos materiales didácticos responden a la necesidad de potenciar la cultura preventiva en un sector donde las condiciones de trabajo pueden entrañar riesgos significativos. La asociación destaca que una correcta información y formación es la herramienta más eficaz para minimizar accidentes y mejorar el bienestar de quienes desarrollan su labor en el campo.

 

MANUALES, TRIPTICOS, CARTELES:

Productos Fitosanitarios:  https://www.avaasaja.org/index.php/servicios/prevencion-de-riesgos/item/11164-prevencion-de-riesgos-laborales-en-el-uso-de-productos-fitosanitarios

Prevención en Cultivo de Cítricos:  https://www.avaasaja.org/index.php/servicios/prevencion-de-riesgos/item/11163-prevencion-de-riesgos-laborales-en-el-cultivo-de-citricos

Primeros Auxilios en el sector agrario: https://www.avaasaja.org/index.php/servicios/prevencion-de-riesgos/item/11160-primeros-auxilios-en-el-sector-agrario

Emergencias en el sector agrario: https://www.avaasaja.org/index.php/servicios/prevencion-de-riesgos/item/11158-emergencias-en-el-sector-agrario

VIDEOS:

Productos Fitosanitarios:  https://www.youtube.com/watch?v=fSwQJhu8aw8

Prevención en Cultivo de Cítricos:  https://www.youtube.com/watch?v=GE5vUYk6nj8

Primeros Auxilios en el sector agrario:  https://www.youtube.com/watch?v=4o05KBtctcw

Emergencias en el sector agrario: https://www.youtube.com/watch?v=VOHkIKQNXo4

 

En breve, estarán disponibles en la página de prevención:

https://prevencionavaasaja.es/

Observatorio de precios de ASAJA - 9 de diciembre de 2025

VERCHILAB ofrece descuentos del 10% en sus análisis a los asociados de AVA-ASAJA

AVA-ASAJA ha firmado hoy un convenio de colaboración con la empresa valenciana VERCHILAB S.L. por el que ofrecerá a los asociados de la organización agraria unas condiciones ventajosas a la hora de contratar sus servicios.

En concreto, VERCHILAB facilitará un 10% de descuento en todos los análisis de multiresiduos en frutas y verduras, así como un 10% de descuento en todos los análisis de hojas, aguas y suelos que se realicen en los meses de diciembre y enero. Este descuento se reducirá al 5% en los restantes meses. En caso de contratar un paquete de servicios (tres o más dentro del mismo año), el descuento será del 20% respecto a la tarifa habitual.

El pago del servicio se realizará al instante o se firmará un documento SEPA para que, prestado el servicio, se pueda cargar en la cuenta bancaria.

 

Servicio

Precio habitual

Descuento

Precio final

Hojas

45 €

*10%

40,5 €

Suelos

60 €

*10%

54 €

Aguas

49 €

*10%

44,1 €

Fertilizantes

80 €

*10%

72 €

Multiresiduos

70 €

10%

63 €

 

*Este descuento se aplicará en diciembre y enero; en los otros meses se aplicará un descuento del 5%.

 

Para beneficiarse de este convenio necesariamente los asociados presentarán a VERCHILAB un certificado actual de la Secretaría General de AVA-ASAJA acreditando que son asociados de AVA-ASAJA.

VERCHILAB S.L. es una empresa que proporciona una amplia gama de soluciones y soporte para reducir riesgos, analizar todo tipo de muestras y cumplir con los objetivos regulatorios: análisis de frutas y verduras, de aguas, de suelos, foliares, de fertilizantes y abonos y análisis específicos. En este sentido, la firma ofrece soluciones de laboratorio y asesoramiento a través de la excelencia en la calidad, la fiabilidad y el desarrollo continuo, con el fin de que sus clientes y el mercado en general disfruten de servicios que vayan más allá de lo meramente exigido en las normas y que contribuyan al progreso y mejora de la sociedad.

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