El europeismo, como concepto y como proyecto de futuro asentado a lo largo de las últimas décadas, atraviesa las que probablemente sean sus horas más bajas en muchísimo tiempo. Son variados y de diversa índole los motivos que alimentan el auge de un euroesceptismo que en el caso de los agricultores que tratamos de labrarnos un porvenir en esta zona del Mediterráneo está más que justificado. Si la tradicional y muy acusada discriminación en materia de ayudas y otros aspectos que sufren los cultivos hortofrutícolas en el marco de la Política Agraria Común (PAC) no fuera motivo suficiente de agravio, el nuevo acuerdo urdido entre los mandamases de la Unión Europea (UE) y los capitostes de Marruecos supone una liberalización prácticamente sin fisuras de las relaciones comerciales entre ambos mercados que amenaza directamente la ya de por sí muy precaria línea de flotación del sector hortofrutícola español.
Si los políticos del Parlamento Europeo no lo remedían con sus votos durante la sesión prevista para este mismo mes de febrero, quedará ratificada una infamia que forzará a los productores de frutas y hortalizas de nuestro país a pagar un precio demasiado alto. Tan alto que, sencillamente, no van a poder asumirlo porque el abismo con Marruecos en términos de posibilidades competitivas es insalvable. Las condiciones laborales, salariales, comerciales o fitosanitarias imperantes en el país magrebí poco tienen que ver con el elevado de nivel de exigencia que estamos obligados a cumplir en Europa. Y así resulta imposible competir.
La clase política debe conocer estos extremos. Si no son capaces de calibrar las letales consecuencias que un acuerdo de estas características va a reportar a sus administrados deben dimitir y si, por el contrario, conocen las consecuencias pero prefieren sacrificar a una parte de la ciudadanía en aras de intereses geopolíticos o de la balanza de pagos entonces es que el asunto está aún peor de lo que creíamos. Los agricultores mediterráneos nos negamos en redondo a que nos conviertan en la carne de cañón de toda esta historia. Queremos, por el contrario, una Europa de los ciudadanos que no nos dé la espalda, que sea mucho más sensible a nuestras inquietudes y que nos represente de verdad, porque en las actuales circunstancias –y así me lo transmite un número creciente de agricultores- resulta cada vez más difícil sentirse europeo.